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Roberto Carrera, voluntario universitario en Brasil
De izquierda a derecha, Gilbert y Neusa (miembros de IIDAC), Roberto (voluntario universitario con el programa VNU) y Damiao (el guía), justo antes de empezar el viaje de vuelta desde Vão das Almas, tras haber impartido unas charlas sobre cómo iniciar nuevas actividades comerciales en la escuela.Anápolis, Brasil: Si algo he aprendido durante mi primer mes como voluntario universitario con el programa de Voluntarios de las Naciones Unidas (VNU) es que la constancia y la fuerza de voluntad son pilares básicos para superar todos los obstáculos que constantemente amenazan con destruir nuestros sueños. Las tormentas de ideas, la creatividad o la explosión de adrenalina inicial no son más que meras anécdotas si no encuentran continuidad en el esfuerzo y el trabajo. Así lo comprobé con admiración en Cavalcante, una pequeña comunidad rural brasileña, donde el tiempo parece haberse olvidado de cobrar las facturas desde hace varias décadas. Sus calles combinan asfalto con tierra, todoterrenos con caballos, ambición por alcanzar la ambigua modernidad con la nostalgia de desprenderse de una vida más tradicional. Nuestra misión tenía como objetivo evaluar la situación del programa “Empreender Quilombola” en distintas comunidades de la región, donde residen los descendientes de aquellos esclavos de raza negra que huyeron décadas atrás de las plantaciones de caña de azúcar donde eran explotados. Artesanía y venta de productos como la miel o el aceite son los recursos más accesibles para unos jóvenes deseosos de comenzar su propia vida empresarial. Para ayudarles en los siempre difíciles primeros pasos estábamos los miembros del Instituto Internacional para el Desarrollo de la Ciudadanía (IIDAC), mediante charlas informativas, solucionando dudas y, sobre todo, proponiendo nuevos caminos que derrumbaran las grandes limitaciones existentes. Mi labor como encargado audiovisual me convertía en espectador privilegiado del trabajo de mis compañeros. Es importante resaltar que ninguno de ellos estaba exento del siempre desolador realismo. No éramos aventureros soñadores cambiando el mundo con nuestra sabiduría. Tan sólo formábamos un grupo de personas con ganas de ofrecer oportunidades, de colaborar no a cambiar su mundo, sino a mejorar las vidas en las que ellos ya se encontraban felices. El viaje a Vão das Almas, una minúscula comunidad quilombola aislada en medio de un entorno tan bello como inaccesible, será para siempre un recuerdo vivo en mi memoria. Fueron diez horas cabalgando bajo un sol terrible, caminos donde hasta una mula se muestra indecisa sobre el siguiente paso a dar. Uno de nuestros caballos rodó más de cincuenta metros por un barranco, sufrimos desmayos por el cansancio, bebimos de mil ríos, comimos frutas de las que yo jamás había oído hablar antes y nos bañamos entre sapos a la luz de la luna. Todo para una revisión técnica que iba a durar solamente un par de horas. ¿Acaso estamos locos? Es difícil no hacerse esta pregunta cuando no sientes las piernas y tu cuerpo se queja con sólo mirarlo, pero pronto comprendí que no había lugar para la duda. La fuerza y la decisión que mis compañeros (con los que compartía dolores y cansancio) mostraban en las charlas y los debates me hizo comprender que aunque sólo estuviéramos dando un pequeño paso, y aunque tanto hubiese costado mover esa pierna para llevarlo a cabo, el trabajo era más que necesario. Porque no importa cuanto improbable sea el éxito si hay personas que están preparadas para intentar alcanzarlo. Todos soñamos con esa fórmula mágica que solucione rápida y eficazmente las millones de injusticias que infestan nuestro planeta, pero hoy tengo claro que no habrá éxito sin fe en el esfuerzo diario, anónimo y tremendamente valioso de todas aquellas personas que todavía creen que el cambio es posible. Rendirse es un lujo que ya no tiene cabida, ahora toca moverse. Literalmente. |
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