Comprender el amplio espectro de la resiliencia humana

23 enero 2017
Heidi Lehto
Heidi Lehto es Voluntaria de las Naciones Unidas Oficial de protección de la infancia con UNICEF en Sudán, cuya misión está financiada íntegramente por el Gobierno de Finlandia. Antes de ser Voluntaria de la ONU, Heidi Lehto trabajó con Finn Church Aid y la Federación Luterana Mundial en Liberia, Etiopía y Uganda. Forma parte del grupo de doce Voluntarios de la ONU que el Gobierno de Finlandia financia íntegramente y actualmente desempeñan su labor en nueve países de África, Asia y Europa y la CEI.
Heidi Lehto with South Sudanese refugees in Gambella, Ethiopia.
Heidi Lehto con refugiados de Sudán del Sur en Gambella, Etiopía. (Fotografía: Christof Krackhardt/ACT/Diakonie Katastrophenhilfe, 2014)

En 2015 tuve la oportunidad de convertirme en Voluntaria de las Naciones Unidas Oficial de protección de la infancia con UNICEF en Sudán. En un país gravemente perjudicado por el conflicto armado, los desplazamientos y la inseguridad alimentaria, las necesidades humanitarias continúan siendo críticas. Además de los 2,2 millones de personas que, según estimaciones, han sido desplazadas internamente, Sudán ha recibido más de 250.000 refugiados que huyen de la guerra en Sudán del Sur. Aproximadamente el 70% de la población desplazada son niños.

El contexto en el que realizamos nuestra labor humanitaria es complejo: el sufrimiento humano es cada vez mayor, los recursos cada vez más escasos y la inestable situación de seguridad requiere nuevos enfoques e iniciativas más firmes en apoyo de la autonomía de las comunidades más desfavorecidas. Por este motivo, todas nuestras intervenciones están firmemente ancladas en una estrategia de base comunitaria. Como agentes principales en materia de protección de la infancia, las comunidades afectadas son las que lideran el cambio que ellas mismas consideran prioritario.

Uno de los momentos más valiosos en que tomé conciencia de la importancia de la recuperación de las comunidades más vulnerables tuvo lugar durante una misión de evaluación en Sortoni, una zona donde en 15 días se reunieron más de 20.000 personas que huían de la guerra en Darfur el año pasado. El lugar no estaba en absoluto preparado para proporcionar refugio, alimento o agua a las personas que llegaban conmocionadas, principalmente mujeres y niños. Mientras estas se aglomeraban contra la valla del campamento del personal de mantenimiento de la paz en busca de seguridad, la comunidad humanitaria se esforzaba por encontrar vías para conseguir rápidamente el apoyo que tanto se necesitaba.

La propia población era la que se entregaba a las tareas más arduas: madres cuidando de niños separados de sus familias que huían solos, líderes de la comunidad que se ofrecían como voluntarios para buscar a personas desaparecidas y reunir familias, la lucha colectiva por crear estructuras en una situación de emergencia que había destruido el tejido social.

Según reza un proverbio africano, se necesita un pueblo para criar un niño. En situaciones de emergencia, también se necesita un pueblo para proteger un niño.

Mis experiencias laborales previas con Finn Church Aid y la Federación Luterana Mundial en Liberia, Etiopía y Uganda me llevaron a la misión actual como Voluntaria de la ONU Oficial de protección de la infancia en Jartum. La excepcional labor que realizan estas dos ONG internacionales se traduce en los valores centrales de la acción humanitaria: dignidad, compasión, transparencia y participación.

En 2014, Etiopía recibía una entrada masiva sin precedentes de refugiados de Sudán del Sur que escapaban de los horrores de la guerra civil, y yo me encontré navegando las complejidades de las operaciones humanitarias de emergencia sobre el terreno. Como Voluntaria de la ONU, esta intensa curva de aprendizaje continúa a medida que Sudán se esfuerza por asumir la responsabilidad ante las crecientes masas de seres humanos afectados por el conflicto.

Trabajar como Voluntaria de la ONU me ha brindado la oportunidad de presenciar y comprender el amplio espectro de la resiliencia humana. Como resultado, siento un profundo respeto y admiración infinitos sobre todo hacia las mujeres refugiadas, quienes están manejando una situación inmanejable de desplazamientos, pérdidas y graves privaciones con una dignidad que solo puedo aspirar a poseer algún día. Su fortaleza no tiene parangón y es una imagen que me acompaña en los días más oscuros.


Artículo traducido del inglés por la Voluntaria en línea ONU Zarina Riva García.