El efecto Venus y la vida de frontera

26 julio 2013
En estos cuatro años he tenido la oportunidad, y a veces la suerte, de conocer a tantas personas, de ofrecer mis capacidades, no sé si muchas o pocas, de ofrecer mi tiempo en las más diversas actividades: desde los juegos infantiles sabatinos para darle al día del Niño un sentido real, hasta los vídeos para mostrar la realidad del trabajo, las fotos y las historias escritas.
Sonia Aguilar ha sido Voluntaria de las Naciones Unidas Oficial Asociada de Información Pública con el ACNUR durante cuatro años en Ecuador. (Programa VNU, 2013)

Quito, Ecuador: Llegaba a Lago Agrio una mañana de nubes, de aeropuertos desvencijados, del inusual olor a petróleo de una ciudad bachatera con mecheros de telón de fondo. Así comenzaba mi experiencia como Voluntaria de las Naciones Unidas en Ecuador, que nació como proyecto de seis meses convertidos en cuatro años, para trabajar en la frontera ecuato-colombiana como Oficial Asociada de Información Pública VNU con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Desde el primer momento, aprender sobre la realidad de la población que aún hoy escapa de Colombia huyendo de balas, vacunas y presiones, fue un impacto que reverbera en mi memoria. Y el río, el rumor del rio-frontera por el que nos movíamos para llegar a los rincones más alejados de esa selva indómita se adueñaron de mí con el efecto de las Venus Llaneras, las botas de caucho esenciales para el camino.

Quizá me quedé enganchada a esa tierra con el primer viaje a Providencia, una comunidad lejana donde unas veinticinco familias de refugiados afro-colombianos  vivían desde hacía 17 años. Al llegar allí, uno se pregunta cómo se puede vivir en un entorno tan difícil, sin agua, luz, sin escuela en ese momento, sin caminos, sin incluso saber nadar allí donde el río debe ser cauce de comunicación.

Providencia hoy tiene escuela, con varias aulas y hasta casa de profesor, hay letrinas comunitarias, tienen huertos familiares y tanques de agua segura. Esos niños que yo vi se han multiplicado, algunos tienen sus familias. Y, aunque siguen estando en lo más remoto de este país andino, ya aparecen en los mapas.

En estos cuatro años he tenido la oportunidad, y a veces la suerte, de conocer a tantas personas, de ofrecer mis capacidades, no sé si muchas o pocas, de ofrecer mi tiempo en las más diversas actividades: desde los juegos infantiles sabatinos para darle al día del Niño un sentido real, hasta los vídeos para mostrar la realidad del trabajo, las fotos y las historias escritas. En Lago, cada día tenía más horas que veinticuatro, y todo trabajo iba más allá del concepto de voluntariado.

En estos años también conocí el otro lado, el del trabajo en la ciudad, en Quito. Aquí descubrí otras realidades, de mujeres luchadoras que se sobreponen al hecho de ser señaladas por colombianas; la de aquel hombre, con siete décadas a su espalda, que sigue vendiendo en un carrito lámparas hechas artesanalmente.
Han sido cuatro años fundamentales en mi trayectoria, de innumerables anécdotas e historias.

Ser voluntaria no se acaba en esto, y quizá nunca estuvo resumido en un título; más bien, se trata de una actitud para ver más allá de los compromisos contractuales, de las obligaciones. Yo empiezo una nueva etapa, aunque querría que nunca dejara de haber en mí el interés por hacer esfuerzos desinteresados por otros, de compartir, de salir de mí para ponerme en los zapatos de quienes se han quedado sin ellos.

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