La experiencia más significativa de mi vida

03 noviembre 2016
John Leslie, antiguo Voluntario ONU con ACNUR
Ser Voluntario ONU ha sido una de las experiencias más significativas de mi vida hasta el momento, y eso dice mucho teniendo en cuenta que tengo más de ochenta años. A principios de los 90, después de haber sacado adelante a una familia, y ya al final de una exitosa carrera empresarial y bien acomodado con la jubilación, la inesperada emoción y humildad de salir y cambiar la vida de las personas me mostró que la vida siempre puede traer sorpresas.
John Leslie, antiguo Voluntario ONU que trabajó con el ACNUR ayudando en el reasentamiento de refugiados serbios en Knin, Croacia. (Programa VNU, 1999)

Ser Voluntario de la ONU ha sido una de las experiencias más significativas de mi vida hasta el momento, y eso dice mucho teniendo en cuenta que tengo más de ochenta años. A principios de los 90, después de haber sacado adelante a una familia, y ya al final de una exitosa carrera empresarial y bien acomodado con la jubilación, la inesperada emoción y humildad de salir y cambiar la vida de las personas me mostró que la vida siempre puede traer sorpresas.

En una reunión con líderes del ACNUR y asociados, tuve una conversación que me llevó al programa VNU.

En 1992, la antigua Yugoslavia se estaba desmoronando. La guerra de Croacia generó cientos de miles de refugiados y volvió a despertar el recuerdo de la brutalidad de los años cuarenta. Pero el sufrimiento de estas personas, las víctimas mortales y la pérdida de hogares duró poco tiempo en las portadas de los periódicos estadounidenses para quedar relegado como mucho a una nota a pie de página. Como toda esta situación me molestaba bastante, pregunté a las personas que conocía de ACNUR si yo podía aportar algo.

El ACNUR estaba precisamente buscando, a través del programa UNV, voluntarios que colaboraran en las iniciativas de repatriación en Croacia. Cuando me enteré de esta oportunidad, no lo pensé dos veces, y me hice voluntario.

Llegué desde Chicago a Zagreb vía Frankfurt el 8 de abril de 1999. Los bombarderos aliados todavía sobrevolaban algunas misiones en Kosovo y la vida cotidiana en la región era tensa dondequiera que uno fuera. Llegué con cinco horas de retraso, asistí a una charla informativa sobre seguridad y me llevaron en coche por un recorrido de montaña que duraría cuatro horas desde Zagreb, pasando por Karenica (frontera con Bosnia) para llegar finalmente a Knin.

La composición étnica de Knin, situada en la parte septentrional de Croacia y principal ciudad de la región de Krjina, era originalmente serbia en un 80 por ciento. Durante la guerra el ejército serbio limpió la comunidad de católicos croatas (en un lapso de tres a cinco años) y, posteriormente, el ejército croata eliminó de la zona a la mayoría de los serbios. Todo esto supuso alrededor de 250.000 muertes.

Knin sería el baluarte de los serbios desde 1990 hasta que las fuerzas croatas lo conquistaran durante la Operación Tormenta en octubre de 1995. La Operación se convirtió en la mayor batalla por tierra librada en Europa desde la Segunda Guerra Mundial y fue una victoria decisiva para el ejército croata.

En mi caso, mientras recorría pueblos de casas sin techos ni puertas y calles y plazas desoladas, me di cuenta de que tal vez no había entendido realmente la situación.

La presión estadounidense para poner fin a la guerra llevó finalmente a los Acuerdos de Dayton firmados en noviembre de 1995, por los cuales se crearon entidades autónomas dentro de la zona, como Bosnia-Herzegovina, Eslovenia y Croacia. El Acuerdo puso fin a toda confrontación militar; pretendía promover la paz y la estabilidad en la región y en torno a lo que había sido Yugoslavia.

El acuerdo de paz necesario para cumplir plenamente los Acuerdos de Dayton tendría que hacerse cargo del retorno de todos los refugiados generados por las hostilidades.

El voluntariado es lo que uno como persona hace de él. Al llegar a Knin, me asignaron dos funcionarios para ayudarme a encontrar un alojamiento y luego regresé a las oficinas, donde informé al Director de Campo, un hombre de Baviera, que estaría disponible para cualquier tarea que se necesitara.

Durante las primeras semanas, los funcionarios de la ONU y yo compartimos la tarea de transportar material. Pero pronto quedó claro que, para cumplir la promesa de repatriación de los croatas, podíamos ser más útiles si ayudábamos a transportar a la gente desde la frontera bosnia a sus casas en Knin y alrededores.

Tres o cuatro noches a la semana íbamos a la frontera con Bosnia y recogíamos a residentes del área de Knin que habían estado viviendo en campos de refugiados en Serbia entre tres y cinco años. Nunca sabíamos lo que nos iba a deparar la noche. Muchas personas volvían a ver sus casas por primera vez desde hacía mucho tiempo, pero se encontraban con que estaban ocupadas o destruidas y apenas podían reconocer el lugar donde habían crecido o donde vivían antes de la guerra.

Contábamos con escoltas policiales y con la incansable pericia de jóvenes profesionales del ACNUR, a quienes nunca dejaré de admirar. Llevar a estas personas a su “hogar” se convirtió en un importante servicio voluntario a la comunidad.

Tengo tantas historias, y las caras de muchas de estas personas desplazadas quedarán por siempre grabadas en mi mente. Pero hay una noche que recuerdo especialmente. Era una noche de mayo. Fuimos a recoger a unas 40 personas y llegamos a Knin con nuestra escolta policial cuando todavía era de noche. Ya habíamos dejado a casi todos los pasajeros, excepto a una anciana que llevaba unos 15 kilos de equipaje.

Llevábamos varias horas tratando de encontrar su casa, pero no lograba reconocerla. Finalmente, después de que la policía se retirara, los Voluntarios de la ONU y el conductor de la ONU continuamos recorriendo rutas alternativas con la mujer hasta que llegamos a un pequeño camino de tierra. Al final del camino estaba todo oscuro. Los faros del coche nos permitieron vislumbrar lo que parecía una pequeña casa de campo sin ventanas ni puertas. La mujer insistió en que era su hogar y saltó del coche para “volver a casa”. No estaba muy convencido de dejarla allí, pero ella insistió.

Unos días más tarde, el conductor y yo volvimos al lugar para llevar una estufa y comprobar cómo estaba la mujer. Para mi alivio, salió de aquella destartalada casa radiante, acompañada de otras dos generaciones de su familia.

¿Cómo la habían encontrado? ¿De qué vivían? Con la alegría de volver a estar juntos, no parecían reparar en el desastre que los rodeaba.

El hogar está donde está el corazón, y Knin siempre estará en mi corazón.

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