Humildad y ganas de vivir

27 junio 2011
Por ser la única extranjera "gringa" del pueblo, aprendí con mi propia vivencia, desde el inicio, el significado de la interculturalidad y el trato noble con la diferencia.
Thais Brandão, centro, en una comida comunitaria durante su asignación en los Andes ecuatorianos como voluntaria universitaria del programa VNU. (Programa VNU)

Quito, Ecuador: La propuesta de mi puesto se refería a un apoyo en un proyecto específico con jóvenes de una comunidad pequeña del sur del Ecuador, a 3.000 metros de altitud. Un pueblo predominantemente rural en el que había, además, comunidades de habla quechua.

Yo vengo de un país tropical, y he vivido toda mi vida al nivel del mar. Así que contaba con un mínimo período de adaptación a tantas diferencias. Y así fue. Por ser la única extranjera “gringa” del pueblo, aprendí con mi propia vivencia, desde el inicio, el significado de la interculturalidad y el trato noble con la diferencia. Yo era “la rara”, las miradas eran de curiosidad y se mantuvieron así hasta el final de mi asignación, pero con el tiempo se añadieron a las miradas de amabilidad propias de la gente de un pueblo pequeño.

De hecho, en poco tiempo pasé a compartir intensamente sus ritmos cotidianos, ya que además de las tareas como voluntaria, parte del período lo separaba para el contacto con la gente y el acercamiento. Me sentía poco a poco realmente integrada.

En el trabajo, tuve suerte de poder encontrar espacio para sugerir actividades y poder también elegir prioridades. Como era un trabajo mayoritariamente de campo, había posibilidades para eso. Así, con mi coordinador, decidí asumir un proyecto con adultos mayores y discapacitados que cambió todo el rumbo de mi planeamiento inicial con el voluntariado en aquél lugar, y también un poco mi vida.

Nunca había trabajado con adultos mayores tan de cerca como en esta ocasión. Y lo viví intensamente. Les hacíamos visitas domiciliarias junto con los promotores de salud, proponíamos reuniones de motivación, ocio y comidas comunitarias, sensibilizábamos a la población sobre el cuidado hacia ellos y coordinábamos también la atención de otras instituciones –principalmente los servicios de salud y el ayuntamiento local– para ayudar con todo el proceso.

La gente con la que trabajaba me enseñaba diariamente sobre la humildad y las ganas de vivir. A pesar de las dificultades con el idioma, las diferentes maneras de comer, de vestir, de relacionarse, me dispuse a aprender de todo corazón, ya que necesitaba encontrar comprensión y empatía entre los adultos mayores y yo. Y lo encontré. Aprendí mucho sobre los valores tradicionales de las comunidades que recorríamos, así como de las miradas pacientes y acogedoras de ellos. Realmente he visto crecer lazos afectuosos entre ellos mismos y, con mucha gratitud, también entre ellos y yo.

En realidad, el tiempo se ha hecho corto para tantas vivencias. Comprendo también que aceptar un desafío como este es aprender a llegar y a partir, a llevar y a dejar exactamente lo que parece justo, mientras que al mismo tiempo se tiene la sensación de que una trae mucho más de lo que podría promover.

Por Thais Brandão

América Latina y el Caribe