Aliviar el sufrimiento de los refugiados

30 julio 2014
He tenido el gran privilegio de trabajar como Voluntaria de las Naciones Unidas en lo que me apasiona, de conocer a muchas personas increíbles, de ofrecer mis conocimientos, mi tiempo y mi energía. Han sido 16 meses de apoyar a personas que, como Martha, una de esas mujeres colombianas que hoy vive en Europa, han escapado de lo que parecía un destino fatal.
La Voluntaria ONU internacional Marta Tomas Embid (derecha), prestó servicio en Lago Agrio, Ecuador, como Oficial Asociado de Reasentamiento con el ACNUR durante 16 meses. (Programa VNU, 2012)

Lago Agrio, Ecuador: Llegué por primera vez a Ecuador en noviembre de 2010, y lo hice como funcionaria del Gobierno de Nueva Zelanda. En esa misión visitamos Lago Agrio, tierra de petróleo y comercio sexual, pensé;  pero curiosamente hubo algo de ese lugar caluroso, bullicioso y verde que me fascinó.

Un año después, en 2011, decidí dar un giro en mi vida y me presenté para ser Voluntaria de las Naciones Unidas. Los meses pasaron sin tener noticias y, ya casi me había olvidado, cuando recibí un correo donde se me daba la oportunidad de presentar mi candidatura como oficial asociado de reasentamiento con la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Esta oportunidad se presentaba precisamente en Lago Agrio, ese lugar que había visitado y me había impactado. El destino me situaba de nuevo en ese rincón de la Amazonia ecuatoriana, pero esta vez como Voluntaria de las Naciones Unidas.

Aterricé en Lago Agrio el 15 de octubre de 2012 y desde ese instante me involucré en la realidad de la población refugiada de Colombia, que todavía escapa de las balas y las amenazas.

Desde entonces, he escuchado historias estremecedoras de personas que dejan sus casas, sus familias y sus tierras. Salen sin nada, sin saber muy bien a donde van, ni lo que les espera al otro lado del río San Miguel o Putumayo. Solo saben que tienen que cruzar esa línea divisoria llamada frontera y llegar a Ecuador, y aunque todavía muy cerca de su tierra, Lago Agrio se les presenta como un espacio de refugio y protección.

Durante este tiempo he intentado aliviar en lo posible el sufrimiento de los refugiados; escuchándoles, remitiéndolos a organizaciones donde les brindan cobijo, alimentos, cilindros de gas; descubriendo en sus historias criterios que les permitan dar un giro radical a sus vidas, y empezar de nuevo en un país lejano y seguro donde puedan caminar por las calles sin miedo.

He tenido el gran privilegio de trabajar en lo que me apasiona, de conocer a muchas personas increíbles, de ofrecer mis conocimientos, mi tiempo y mi energía.

Han sido 16 meses de apoyar a personas que, como Martha, una de esas mujeres colombianas que hoy vive en Europa, han escapado de lo que parecía un destino fatal. Con ella mantengo una sostenida comunicación gracias a la tecnología, de ahí que conozca el nuevo rumbo que ha tomado su vida y la de su familia, alejada para siempre de la situación de extrema vulnerabilidad en la que vivían.

Imposible de olvidar será el río, que significa salvación y supervivencia para muchos colombianos; el calor sofocante de la Amazonia ecuatoriana, que acoge en las noches a esos que llegan sin nada, involucrándolos en el ruido perpetuo del tránsito en las horas diurnas, el ladrido incesante de los perros que se adueñan de la noche y el quiquiriquí de los gallos que revienta la madrugada.

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