A la luz de cualquier criterio razonable, el voluntariado es uno de los sistemas más extensos y, al mismo tiempo, menos comprendidos que sostienen la estabilidad global. El Informe sobre el estado del voluntariado en el mundo, recientemente publicado por el programa de Voluntarios de las Naciones Unidas (UNV), estima que cerca de 2.100 millones de personas, aproximadamente un tercio de la población mundial en edad de trabajar, participan en alguna forma de voluntariado a lo largo de un año. El voluntariado no es, por tanto, una actividad marginal ni un pasatiempo limitado a ciertos grupos, sino una expresión masiva de acción cívica. Esto abarca no solo al voluntariado tradicional de las Naciones Unidas o de organizaciones no gubernamentales, sino también a la vecina que organiza la distribución de alimentos, a la juventud que articula redes de ayuda mutua, a las mujeres que sostienen sistemas informales de protección en comunidades donde el Estado apenas tiene presencia, y al voluntariado corporativo que, desde entornos digitales, comparte conocimientos con comunidades remotas.
En la práctica, los países ya cuentan con un “cuerpo de voluntariado” nacional de facto, aunque este no figure en sus presupuestos. La ciudadanía contribuye activamente a la provisión de bienes públicos, desde servicios de salud y apoyo educativo hasta respuesta ante desastres y cuidado social, sin quedar reflejada en los sistemas de información administrativa. Cada vez más, las instituciones nacionales comienzan a reconocer y articular este esfuerzo, en lugar de considerarlo invisible o circunstancial.