A la luz de cualquier criterio razonable, el voluntariado es uno de los sistemas más extensos y, al mismo tiempo, menos comprendidos que sostienen la estabilidad global. El Informe sobre el estado del voluntariado en el mundo, recientemente publicado por el programa de Voluntarios de las Naciones Unidas (UNV), estima que cerca de 2.100 millones de personas, aproximadamente un tercio de la población mundial en edad de trabajar, participan en alguna forma de voluntariado a lo largo de un año. El voluntariado no es, por tanto, una actividad marginal ni un pasatiempo limitado a ciertos grupos, sino una expresión masiva de acción cívica. Esto abarca no solo al voluntariado tradicional de las Naciones Unidas o de organizaciones no gubernamentales, sino también a la vecina que organiza la distribución de alimentos, a la juventud que articula redes de ayuda mutua, a las mujeres que sostienen sistemas informales de protección en comunidades donde el Estado apenas tiene presencia, y al voluntariado corporativo que, desde entornos digitales, comparte conocimientos con comunidades remotas.
En la práctica, los países ya cuentan con un “cuerpo de voluntariado” nacional de facto, aunque este no figure en sus presupuestos. La ciudadanía contribuye activamente a la provisión de bienes públicos, desde servicios de salud y apoyo educativo hasta respuesta ante desastres y cuidado social, sin quedar reflejada en los sistemas de información administrativa. Cada vez más, las instituciones nacionales comienzan a reconocer y articular este esfuerzo, en lugar de considerarlo invisible o circunstancial. En 2025, 23 países destacaron la contribución del voluntariado al logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible en sus informes nacionales voluntarios de la Agenda 2030 presentados ante las Naciones Unidas.
Sin embargo, a pesar de su magnitud e importancia, los datos de calidad y comparables sobre el voluntariado siguen siendo limitados. La información disponible a nivel nacional es fragmentada, las definiciones varían ampliamente y el voluntariado informal permanece sistemáticamente subestimado.
En ausencia de evidencia robusta, los gobiernos continúan apelando al “espíritu del voluntariado”, apoyándose en encuestas parciales o en percepciones intuitivas para comprenderlo.
Medir el voluntariado no es una cuestión técnica menor; es una brecha crítica de política pública. Diseñar estrategias eficaces de protección social, respuesta a crisis o cohesión social sin una comprensión clara de los patrones reales de contribución ciudadana implica una gestión incompleta de uno de los activos más valiosos de un país.
En este contexto, varios hallazgos del informe destacan por su relevancia inmediata.
En primer lugar, el voluntariado informal, la ayuda mutua cotidiana, el apoyo entre pares y la autoorganización comunitaria, supera al voluntariado formal basado en organizaciones en una proporción aproximada de dos a uno a nivel global. En consecuencia, la mayor parte del esfuerzo voluntario ocurre fuera de estructuras formales y programas oficiales. Cuando las comunidades se organizan para responder a inundaciones antes de la llegada de los servicios públicos, cuando las redes de la diáspora movilizan medicamentos en contextos de crisis, o cuando los vecinos crean sistemas de cuidado allí donde los servicios formales son insuficientes, están sosteniendo, en la práctica, la resiliencia nacional.
Para los gobiernos de países en desarrollo, esto implica que las redes informales ya proporcionan, a gran escala, servicios de salud, apoyo educativo y respuesta ante desastres de manera confiable y costo-efectiva. En las economías desarrolladas, este mismo fenómeno revela un potencial aún subutilizado en la solidaridad comunitaria, como se evidenció durante la pandemia mundial.
El siguiente paso es claro: integrar el voluntariado informal en las estrategias nacionales de desarrollo y en los sistemas estadísticos. Esto requiere ofrecer apoyos específicos, como microfinanciamiento, herramientas digitales de coordinación y oportunidades de reconocimiento y formación, sin imponer cargas burocráticas que puedan limitar su dinamismo. Asimismo, es fundamental alinear las encuestas de fuerza laboral con los estándares de la Organización Internacional del Trabajo y UNV, para capturar de manera más precisa la contribución del voluntariado.
El informe también propone el Índice Global de Participación Voluntaria (GIVE, por sus siglas en inglés): un marco estandarizado y multidimensional diseñado para medir el voluntariado de forma más integral y comparable entre países.
Al capturar el valor del voluntariado para las personas, las sociedades y las economías, así como las condiciones que facilitan su desarrollo, GIVE ofrece una base sólida para fortalecer la evidencia y orientar políticas e inversiones en voluntariado a nivel mundial.
En conjunto, estos hallazgos conducen a una conclusión inequívoca: mientras los gobiernos no midan, orienten y respalden estratégicamente el voluntariado, estarán sub-gestionando uno de los activos más importantes de sus países.
Estas reflexiones adquieren especial relevancia en el contexto actual. La Asamblea General de las Naciones Unidas ha proclamado 2026 como el Año Internacional de los Voluntarios para el Desarrollo Sostenible. Gobiernos, organizaciones de la sociedad civil y actores del sector privado ya están aprovechando esta oportunidad para fortalecer el entorno habilitante del voluntariado e invertir en herramientas que permitan medirlo y valorarlo. Al mismo tiempo, el programa de Voluntarios de las Naciones Unidas impulsa el intercambio de conocimientos e innovaciones entre países, asegurando que las experiencias de comunidades de todo el mundo contribuyan a la construcción de estándares globales.
La alternativa de mantener invisibles y subvaloradas a más de 2.100 millones de personas que contribuyen activamente equivale a desaprovechar uno de los motores más poderosos para la paz y el desarrollo con los que cuenta hoy la comunidad internacional.